Cuando
el paso del tiempo acentuó la diferencia de personalidad existente entre sus
padres, la convivencia en aquel lugar, al que había llamado hogar, se hizo
insoportable. Aún cuando se divorciaron, y cada uno de sus progenitores fue a
vivir por su lado, seguía siendo una pesadilla. Los continuos reproches y
encaramientos, eran casi la música ambiental de cada día… y ya cansaba. Por
eso, cuando tuvo la oportunidad, hizo su maleta y se marchó lejos.
Había
puesto un océano entre sus padres y él. Quería vivir su vida sin tener que dar
explicaciones de qué, dónde, cómo, porqué y/o con quien hacía lo que hacía.
Tampoco quería escuchar las razones, ni las diversas justificaciones, algunas
más comprensibles que otras, que le daban para sus acciones. Escudado tras la
diferencia horaria, había sobrevivido a la pelea de sus progenitores, y salido
indemne.
Pero hoy
se encontraba de vuelta en Corea. Hacía cosa de un mes, había cogido el primer
vuelo con destino a su país natal, un taxi del aeropuerto a la estación de
tren, y allí un cercanías hasta el pueblo que le vio nacer. Su madre había
caído enferma, y, pese a todo, él seguía siendo su único hijo, la quería y la
respetaba, y había vuelto para cuidarla, en lo que parecía ser, hasta el final
de sus días, cumpliendo todo lo que ésta le pidiera; motivo por el cual, ahora
iba en un autobús de línea regular, con destino a la capital.
Apoyado
contra el cristal fijo de la ventana, donde se podía leer “salida de
emergencia”, dejando mecer la cabeza por el vaivén producido por el avance del
vehículo, empezó a repasar todo lo que había dejado atrás, con su vuelta a
Corea.
Allá,
en Estados Unidos, se había quedado su “libertad” e independencia, el empalme
de noches en vela, las fiestas y las borracheras; además de ser uno de los
mejores en su trabajo. No estaba orgulloso del mismo, pero era lo que le daba
de comer, y allí no podía andar con remilgos, porque de algo había que vivir. Pero,
pese a todo, estaba convencido de que, con su voz, podría casi asegurar sin
miedo a equivocarse, había conseguido más orgasmos femeninos, que cualquier
actor porno a lo largo de su carrera. Y es que, Park Yoochun, se había dedicado
a operador de línea erótica, especializado en mujeres; ya que la sección gay
tenía sus propios operadores, entre los que los usuarios podían elegir si
querían una voz más aguda o aniñada, o, por el contrario, más varonil o maduro.
Debido
al traqueteo del autobús, y lo largo del trayecto que tuvo que realizar, se
había quedado dormido, y una de las chicas, que viajaba en el mismo, tuvo que
despertarlo, pues habían llegado a la última parada, la estación de autobuses
de la gran Seúl. Dio las gracias, y la vio sonrojarse, lo que provocó que su
ego subiera un poco más; podría ser que no fuera demasiado atractivo, y que
pudiera pasar desapercibido físicamente, pero en cuanto abría su boca, caían
redondas a sus pies. Quizás por eso mismo, y pese a que no le cogía, ni mucho menos
de paso, si no más bien en dirección contraria, la chica se ofreció amablemente
a acompañarle hasta la parada del bus urbano que debía coger para llegar a la
dirección, que tenía anotada en un trozo de papel.
La casa
era unifamiliar, con un pequeño jardín delante, la típica que se ven en las
zonas residenciales de casi cualquier ciudad del mundo, y de dos alturas. Era
obvio que a la amiga de su madre le había ido mejor la vida, ya que podía
permitirse el lujo de vivir allí, ya que los barrios residenciales de Seúl eran
bastante caros, y no sólo el de Gangnam, donde el simple alquiler del
apartamento más sencillo, te costaba un riñón. Se acercó a la puerta y tocó el
timbre.
-
Buenos días, señora Kim, soy Park Yoochun, le llamé ayer. –saludó a la
mujer que le abría la puerta, y a quien reconoció por las fotos que su madre le
había enseñado. No había cambiado prácticamente nada, desde la época en la que
ambas iban a la secundaria.
-
Oh, buenos días. –saludó- Sí, lo recuerdo. Te estaba esperando, pero…
entra, entra, no te quedes en la puerta. –le ofreció
-
Muchas gracias. –accediendo al interior.
-
Pasa al salón. –le indicó, mientras ella se perdía por una puerta que
daba a la cocina, por lo que pudo ver antes de que se cerrase del todo con un
vaivén, como las puertas de las cocinas de los restaurantes- ¿Te apetece un té?
–le gritó desde dentro- Tengo unas pastas deliciosas para acompañarlo…
-
Sí, gracias. –respondió, mientas tomaba asiento en el sofá del salón.
-
Ya estoy aquí. –anunció, entrando por la puerta, pasado un rato, con
una bandeja donde se veían la tetera humeante, dos tazas, el azucarero y un
plato con pastas- Yoochun te llamabas, ¿cierto?
-
Sí, señora. –respondió, al tiempo que le ayudaba a dejar las cosas
sobre la mesa
-
Gracias, eres un cielo. –sonrió- Dime, ¿cómo se encuentra tu madre?
–se interesó, tomando asiento a su lado, mientras le servía el té y le ofrecía
alguna pasta
-
Algo más estable; aunque aún está ingresada y bajo vigilancia… -se
apenó, dejando la cuchara del azúcar, nuevamente, dentro del recipiente
-
Oh… bueno…
-
Pero está mejor.
-
Me alegro.
El reloj marcó la media hora.
-
Oh… Dios, casi lo olvido… tengo que irme a una reunión del grupo
vecinal…. –dijo algo azorada, mientras se levantaba y comenzaba a poner su
taza, a medio beber, sobre la bandeja- ¿No te importa quedarte solo? Jun no
creo que tarde. Puedes esperarle en su dormitorio, está escaleras arriba, la
primera puerta de la derecha. – le indicó, si bien no esperó mucha más
respuesta, sólo dijo antes de que se cerrase la puerta- No creo que tarde más
de una hora, adiós.
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