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lunes, 5 de marzo de 2018

Casado por obligación, amante por devoción

Cuando el paso del tiempo acentuó la diferencia de personalidad existente entre sus padres, la convivencia en aquel lugar, al que había llamado hogar, se hizo insoportable. Aún cuando se divorciaron, y cada uno de sus progenitores fue a vivir por su lado, seguía siendo una pesadilla. Los continuos reproches y encaramientos, eran casi la música ambiental de cada día… y ya cansaba. Por eso, cuando tuvo la oportunidad, hizo su maleta y se marchó lejos.
Había puesto un océano entre sus padres y él. Quería vivir su vida sin tener que dar explicaciones de qué, dónde, cómo, porqué y/o con quien hacía lo que hacía. Tampoco quería escuchar las razones, ni las diversas justificaciones, algunas más comprensibles que otras, que le daban para sus acciones. Escudado tras la diferencia horaria, había sobrevivido a la pelea de sus progenitores, y salido indemne.
Pero hoy se encontraba de vuelta en Corea. Hacía cosa de un mes, había cogido el primer vuelo con destino a su país natal, un taxi del aeropuerto a la estación de tren, y allí un cercanías hasta el pueblo que le vio nacer. Su madre había caído enferma, y, pese a todo, él seguía siendo su único hijo, la quería y la respetaba, y había vuelto para cuidarla, en lo que parecía ser, hasta el final de sus días, cumpliendo todo lo que ésta le pidiera; motivo por el cual, ahora iba en un autobús de línea regular, con destino a la capital.
Apoyado contra el cristal fijo de la ventana, donde se podía leer “salida de emergencia”, dejando mecer la cabeza por el vaivén producido por el avance del vehículo, empezó a repasar todo lo que había dejado atrás, con su vuelta a Corea.
Allá, en Estados Unidos, se había quedado su “libertad” e independencia, el empalme de noches en vela, las fiestas y las borracheras; además de ser uno de los mejores en su trabajo. No estaba orgulloso del mismo, pero era lo que le daba de comer, y allí no podía andar con remilgos, porque de algo había que vivir. Pero, pese a todo, estaba convencido de que, con su voz, podría casi asegurar sin miedo a equivocarse, había conseguido más orgasmos femeninos, que cualquier actor porno a lo largo de su carrera. Y es que, Park Yoochun, se había dedicado a operador de línea erótica, especializado en mujeres; ya que la sección gay tenía sus propios operadores, entre los que los usuarios podían elegir si querían una voz más aguda o aniñada, o, por el contrario, más varonil o maduro.
Debido al traqueteo del autobús, y lo largo del trayecto que tuvo que realizar, se había quedado dormido, y una de las chicas, que viajaba en el mismo, tuvo que despertarlo, pues habían llegado a la última parada, la estación de autobuses de la gran Seúl. Dio las gracias, y la vio sonrojarse, lo que provocó que su ego subiera un poco más; podría ser que no fuera demasiado atractivo, y que pudiera pasar desapercibido físicamente, pero en cuanto abría su boca, caían redondas a sus pies. Quizás por eso mismo, y pese a que no le cogía, ni mucho menos de paso, si no más bien en dirección contraria, la chica se ofreció amablemente a acompañarle hasta la parada del bus urbano que debía coger para llegar a la dirección, que tenía anotada en un trozo de papel.
La casa era unifamiliar, con un pequeño jardín delante, la típica que se ven en las zonas residenciales de casi cualquier ciudad del mundo, y de dos alturas. Era obvio que a la amiga de su madre le había ido mejor la vida, ya que podía permitirse el lujo de vivir allí, ya que los barrios residenciales de Seúl eran bastante caros, y no sólo el de Gangnam, donde el simple alquiler del apartamento más sencillo, te costaba un riñón. Se acercó a la puerta y tocó el timbre.
-          Buenos días, señora Kim, soy Park Yoochun, le llamé ayer. –saludó a la mujer que le abría la puerta, y a quien reconoció por las fotos que su madre le había enseñado. No había cambiado prácticamente nada, desde la época en la que ambas iban a la secundaria.
-          Oh, buenos días. –saludó- Sí, lo recuerdo. Te estaba esperando, pero… entra, entra, no te quedes en la puerta. –le ofreció
-          Muchas gracias. –accediendo al interior.
-          Pasa al salón. –le indicó, mientras ella se perdía por una puerta que daba a la cocina, por lo que pudo ver antes de que se cerrase del todo con un vaivén, como las puertas de las cocinas de los restaurantes- ¿Te apetece un té? –le gritó desde dentro- Tengo unas pastas deliciosas para acompañarlo…
-          Sí, gracias. –respondió, mientas tomaba asiento en el sofá del salón.
-          Ya estoy aquí. –anunció, entrando por la puerta, pasado un rato, con una bandeja donde se veían la tetera humeante, dos tazas, el azucarero y un plato con pastas- Yoochun te llamabas, ¿cierto?
-          Sí, señora. –respondió, al tiempo que le ayudaba a dejar las cosas sobre la mesa
-          Gracias, eres un cielo. –sonrió- Dime, ¿cómo se encuentra tu madre? –se interesó, tomando asiento a su lado, mientras le servía el té y le ofrecía alguna pasta
-          Algo más estable; aunque aún está ingresada y bajo vigilancia… -se apenó, dejando la cuchara del azúcar, nuevamente, dentro del recipiente
-          Oh… bueno…
-          Pero está mejor.
-          Me alegro.
El reloj marcó la media hora.

-          Oh… Dios, casi lo olvido… tengo que irme a una reunión del grupo vecinal…. –dijo algo azorada, mientras se levantaba y comenzaba a poner su taza, a medio beber, sobre la bandeja- ¿No te importa quedarte solo? Jun no creo que tarde. Puedes esperarle en su dormitorio, está escaleras arriba, la primera puerta de la derecha. – le indicó, si bien no esperó mucha más respuesta, sólo dijo antes de que se cerrase la puerta- No creo que tarde más de una hora, adiós.

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