“Por
favor, que alguien me mate…”.
Aunque
no era su verdadero deseo, mentiría si dijese que no había pasado esa frase más
de una vez por su cabeza, sobre todo cuando sus ojos se perdían en recorrer
lascivamente otra anatomía, una que parecía incitarlo a pecar, pero que le
estaba prohibida.
El
calor que hacía ese junio, causante principal por el que todos los chicos se
habían desabotonado parte de la camisa del uniforme, mientras que las chicas
debían aguantar como pudieran porque en la clase había bastantes pervertidos,
de esos que se esperaban a que ellas subieran antes sólo por verles la ropa
interior, por culpa de las faldas tan cortas que gastaban; era sólo una de las
causas por las que su notas habían bajado ese mes, y quizás la que menos
incidencia había tenido, ya que en años anteriores, incluso con mayor
temperatura y humedad ambiental, había conseguido unas notas bastante buenas, y
aprobaba con una nota media de notable.
Eran días como el de hoy, cuando más veces
repetía aquella frase, cual si fuera un mantra, intentando, tal vez, apartar su
mente y sus sentidos de aquella persona sentada a escasos centímetros de él, y
centrarse en las explicaciones que hacía el profesor desde la pizarra, pero de
forma cada vez menos efectiva, prácticamente en vano.
Durante
el descanso entre clase y clase, de normal se iba a hablar con su amigo
Donghae, pero hoy estaba enfermo y no había acudido a clases, así que le tocó
quedarse sentado en su pupitre, haciendo acopio de todo su autocontrol, y no se
lo estaban poniendo nada fácil. Menos aún cuando, de forma accidental, uno de
sus compañeros hizo que la persona que se sentaba a su lado, se derramase sobre
el pecho y la camisa, aquel yogurt bebido de sabor a coco, que estaba tomando
para refrescarse un poco y recargar pilas.
Las
mejillas de Yunho reventaron en bermellón, y su autocontrol estuvo cerca de
disiparse en menos de un milisegundo. Respiró todo lo hondo que pudo y se
obligó a apartar la vista de aquella visión que lo incitaba tantísimo al
pecado, porque no era el momento, ni el lugar, para hacer aquello que había
pasado por su mente al ver la escena. Pero el problema al sur de su anatomía no
desaparecía, por más que respirase y se obligara a calmarse, más bien al
contrario, iba creciendo poco a poco, y sólo le faltó aquel gesto, que se
retirase un poco del yogurt sobre su pecho con un dedo y después lo lamiera y lo
chupara, para que su libido despertase de golpe, amenazando con empezar a
sangrar por la nariz, a causa de la subida de presión arterial; teniendo que
pedirle al profesor, que recién entraba en clase, que lo dejara ir a la
enfermería pues se encontraba fatal, intentando disimular, con la cartera por
delante de él, en qué sentido era su malestar, porque no le llamaran pervertido
o enfermo, ya que, con el calor que hacía, lo difícil era tener ganas.
Tumbado
sobre una de las camas de la sala, tapado hasta la cabeza, se repite una y otra
vez “sólo era yogurt… sólo era yogurt…”, pero ni caso que aquel problemilla
desaparece, porque en su mente aquel postre lácteo pasó, por un instante, a ser
otra cosa… pasó a ser su esperma cubriendo aquel pecho ligeramente descubierto,
que tanto deseaba recorrer con sus manos y labios. Lo malo, que ese instante
fue suficiente para que se asentase en su cabeza y la única forma de calmarse,
fuera recreándolo una y otra vez, mientras se masturbaba, hasta alcanzar el
orgasmo, ahogando sus gemidos contra la almohada.
No
tenía fuerzas para volver al aula, pero tampoco iba a estar ocupando una cama
en la enfermería, que alguien pudiera necesitar más que él, y su sentido de
responsabilidad ya le andaba pasando factura, aunque no lo suficiente como para
volver a la clase, porque sabía que entonces volvería a recaer, ya que sobre su
cuerpo seguirían los rastros de lo ocurrido, porque no habría podido ir a
limpiarse, pues el profesor llegó al poco de que aquello pasara, y una vez el
maestro está en clase, tienen prohibido abandonarla; de modo que se fue directo
hacia los dormitorios, esperando que, ahora que estaba más calmado, pudiera
dormir y recuperarse un poco.
Últimamente
aquellos pensamientos pervertidos cruzaban su mente mucho más a menudo de lo
que él podía manejar, y sabía perfectamente que no era la primera ni sería la
última vez que se masturbase por culpa
de aquel cuerpo y sus acciones, por ese ser que debía llamarse sexo, porque
estaba seguro que a todo aquel que le veía, despertaba los mismos bajos y
básicos instintos. Por ese motivo, por estar luchando contra ellos e intentar
seguir siendo “normal”, era que se agotaba tanto psíquicamente hablando.
Se
tumbó sobre su cama y decidió que descansaría un poco. Ahí, lejos, podría
relajarse y no pensar en nada. El silencio le ayudó a desconectar su mente y
cayó dormido en poco rato, en un profundo sopor, en el que no pareció soñar.
El
sonido de las campanas anunciando el final de las clases, fue lo que le
despertó. Pero no quiso levantarse, se quedó remoloneando bajo la fina sábana,
esperando volver a quedarse dormido.
-
¿Te encuentras mejor? –preguntó su compañero de dormitorio.
-
Algo. –corta respuesta, como últimamente era su tónica habitual.
-
Después te dejaré los apuntes y te diré los ejercicios que nos
mandaron; primero voy a ducharme. Ash, estoy todo pegajoso…. –se quejó,
mientras comenzaba a desabotonarse la camisa y sacársela de los pantalones.
Maldición,
justo las palabras que disparaban nuevamente su imaginación. Aunque esta vez sí
pudo controlarse algo más, al menos hasta que él volvió después de la ducha,
con su torso empapado, secándose el cabello con una toalla, llevando otra
anudada a la cintura, siendo ésta la única prenda que lo cubría; obligándole a
tomar una ducha fría, antes de poder sentarse con él a realizar los ejercicios
“normalmente”.
Tras
cenar, regresaron al cuarto; repasaron un poco las lecciones del día, para
asegurarse de que Yunho lo había entendido todo, prepararon las mochilas con
los libros y los útiles necesarios para las clases del día siguiente, se
pusieron el pijama y se fueron a dormir cada uno en su cama.
Como
venía siendo costumbre en casi todo este mes, Yunho se acostaba tumbado de
lado, dándole la espalada a su compañero; aunque solía acabar girándose y
contemplando su carita mientras dormía, iluminada por los tenues rayos de la
luna, que seguía siendo igual de sexy o más todavía que cuando estaba
despierto. Pero esto era más cerca de la madrugada, cuando se despertaba tras
alguno de sus sueños húmedos, y, después de limpiarse, volvía a tumbarse en su
cama, esta vez mirándole, deleitándose en el placer que le producía el saberse el único con la
capacidad de contemplarlo así, dormido, tranquilo, vulnerable… hasta que los
pensamientos de querer robarle un beso, ganaban tanta fuerza, que debía volver a
darle la espalda para poder controlarse.
Esta
noche, sin embargo, su compañero parecía algo más inquieto; lo notaba moverse
en la cama continuamente, y eso no era demasiado normal; sin embargo, no sabía
si preguntarle qué le tenía así de intranquilo, pues lo más usual, a esas
horas, era que ya estuviera durmiendo plácidamente. En fin, supuso que no sería
nada demasiado grave, y que, si él lo consideraba oportuno, ya se lo contaría;
e intentó dormir.
-
¿Jaejoong! –preguntó completamente sorprendido, al notar como se metía
en su cama
-
No me gusta. –dijo cerrando fuerte los ojos y apretando la sábana
entre sus manos.
-
¿Te dan miedo las tormentas? –girándose para verlo, él asintió- Pero
si no es la primera…
-
Lo sé, pero… las otras no se oían tan… -volvió a encogerse por el
sonido de un trueno de aquella tormenta de verano
-
Tan cerca. –terminó la frase, destapándole cuidadosamente, pues se
había cubierto hasta la cabeza
-
Suena demasiado cerca… - puchereó un poco- si está lejos aún puedo
soportarla pero esta… -volvió a encogerse, pero esta vez contra el pecho de
Yunho.
-
No te preocupes, no te pasará nada. –dijo, acariciándole el cabello
suavemente, en tono calmado. Por primera vez había nacido primero el deseo de
protegerlo.
-
Hm… -dejando de aferrase tanto a la fina camiseta de tirantes que
Yunho usaba para dormir esos días tan calurosos.
Yunho
pasó uno de sus brazos por debajo del cuello de Jaejoong, mientras que con el
otro le rodeo el torso, abrazándolo, para que se sintiera protegido. Lo sintió
moverse y acomodarse entre sus brazos, pero sin llegar a hacer amago de
sentirse incómodo y querer salir de él.
El
sentir la respiración acompasada contra la piel descubierta de su pecho, y aún
aquel eco de calor que traspasaba la fina tela, estaba comenzando a excitarlo
nuevamente. Podía sentir su corazón irse acelerando, consciente, al fin, de que
era Jaejoong, el chico al que tantas veces había soñado poseer, el que estaba
durmiendo cobijado entre sus brazos.
Respiró
hondo varias veces, intentando normalizar el ritmo de su respiración y su
corazón, y tuvo que morderse el labio cuando Jaejoong dejó escapar de los suyos
un leve gemido. “Sólo Dios sabe lo que me está costando controlarme contigo
así…”, y a él le pedía no realizar ningún movimiento que lo delatara, por más
que el infierno, en el que se estaba convirtiendo su propio cuerpo, lo quemara
con el deseo de hacerlo.
Pero
pese a todos sus esfuerzos, la realidad de su deseo, por el cuerpo entre sus
brazos, comenzó a patentarse en su entrepierna, irguiéndose de forma clara,
comenzando a endurecerse con cada nuevo cálido roce de su aliento contra su
piel, con cada mirada a aquellos labios entreabiertos que parecían demandar un
beso en silencio, con cada leve caricia de sus pieles en contacto, con cada
centímetro o milímetro que sus cuerpos más se unían; haciendo que su
respiración volviera a entrecortarse ligeramente y que, cerrando los ojos, sus
labios parecieran esperar por aquel milagro de ser besados, aunque fuera de
forma accidental; mientras sentía una de las manos de Jaejoong rodear su
cintura.
“Tierra…
trágame…” es lo que pensó tan pronto notó la otra mano de Jaejoong deslizarse e ir a parar sobre su miembro
erguido, y acto seguido, la mirada de éste clavándose en la suya, tras que un
leve gemido, por lo inesperado de intima caricia, escapase, medio ahogado, de
sus labios; que se apresuró a morder por el interior, para evitar que cualquier
sonido saliera más allá de su cavidad bucal.
-
¿Es… estás…? –preguntaba, sin terminar de formularla, trabándose entre
nerviosismo , vergüenza y no sabía qué más
-
… -sólo atinó a girar el rostro e intentar encogerse en posición
fetal, para que no se notara tanto
-
¿Estabas teniendo un sueño húmedo? –preguntó, incorporándose un poco,
apoyándose sobre uno de sus antebrazos, pero Yunho no le miraba ni le
contestaba- ¿O es porque dormía contigo? –sin censura en