Al día
siguiente, entre unas cosas y otras, Yoochun no continuó con lo último que le
estaban diciendo la noche anterior, y lo prefería, porque le dolería escucharle
decir la palabra separación, aunque fuera como una opción que él no iba seguir.
Como su
suegra ya sabía la verdad, se vistió como normalmente lo hacía en casa de su
madre, recogió la ropa que se habían quitado anoche y la bajó a la lavadora; se
acercó a la cocina y leyó la nota que la señora Park había dejado pegada en la
nevera, en la que le indicaba que hoy pasaría todo el día con su madre, para
recuperar el tiempo perdido de contacto, y ponerse al día, se sentó en una de
las sillas y tomó una taza de café con algunas galletas, recogió todo y, dado
que no tenía que trabajar ese día, se dispuso a ordenar la casa.
Cuando
llegó a casa, no le gustó nada la escena que presenció, y, si tiempo atrás
había sido Hyuk Jae quien lo miraba mal, esta vez era al contrario, sentía que
quería matarlo con la mirada, meter el cuerpo en un cohete y mandarlo directo
al sol, donde nadie encontraría su cadáver.
-
Esto… adiós. –fue lo único que dijo, antes de salir escopeteado por la
puerta.
-
¿Por qué te abrazaba?
-
Porque está feliz.
-
¿Por qué?
-
Porque le salió novia.
-
¿Novia? –con cierto tonillo que a Junsu no le gustó nada
-
Sí, Yoochun, novia, acabado en a, una chica, o sea, que no soy yo.
-
Lo siento. –se disculpó y quiso abrazarle, pero no supo si era
oportuno, así que se quedo quieto
-
Ya te lo dije, sólo somos amigos.
-
Lo sé, pero…
-
No puedes evitarlo, ¿no?
-
No…
-
Yoochun, el mono no para un instante y es demasiado posesivo, casi
controlador…
-
¿El mono?
-
Oh, el apodo de Hyuk.
-
¿Yo no tengo?
-
Ahora mismo serías rata celosa. –rió
-
¿Rata celosa?
-
Yo me entiendo. –sonrió levemente sonrojado, recordando las noches en
las que, al dormir abrazados, había notado el “ratón” de Yoochun “haciendo la
ronda nocturna”
-
Junsu… -“ay no… ahí va otra vez…” pensó- ¿Por qué sigues aquí,
conmigo?
-
Si tengo que responderte a esa pregunta, es que eres tonto del culo,
Park Yoochun…
No hizo
falta nada más. Ni un “te quiero” había abandonado los labios de ninguno de los
dos, que habían encontrado una mejor forma de decirlo, sin necesidad alguna de
palabras. Y es que, en ocasiones, valen más los hechos que toda la
grandilocuencia de un discurso que puede ser ensayado y vacío, carente de todo
sentimiento real.
Sus
cuerpos se abrazaban, acoplándose a la perfección, logrando que apenas quedase
piel que no tuviera algún tipo de contacto; sus bocas danzaban en la sensual
cadencia de los besos lentos, ansiosos por deleitarse en cada sensación del
roce de sus lenguas, sus labios y el combinado de sus salivas y alientos.
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